Papá ha vuelto a llamar por séptima vez en esta semana, sólo papá, pues dice que mamá está terriblemente enfadada conmigo. Según él mi actitud estaba siendo «temeraria y carente de coherencia y madurez», y quizás así sea, pero no me arrepiento en absoluto.
Papá no parece enfadado, más bien preocupado por mi estado y paradero. Conociéndolo, seguramente le preocupará más el barrio de Madrid en donde haya ido a parar, que el propio inmueble en el que esté alojado o como me esté ganando la vida.
―Vuelve a casa, hijo... Tu madre te echa de menos.
―¿Mamá? Pues no lo parece, ni siquiera me ha llamado para saludarme.
―Ya sabes de sobra cómo es. Dime, ¿dónde podrías estar mejor que en casa, Daniel?
―Justo donde estoy me encuentro mucho mejor que en casa, papá. Me resulta demasiado agradable sentirme útil para variar.
―Espero al menos que no hayas dejado de acudir a clase.
―Papá, por favor, he visto pasar tu coche por delante de la facultad al menos dos o tres veces por semana, sabes perfectamente que sigo yendo. Haz el favor de dejar de espiarme de forma tan indiscreta.
Pero papá es así, es de las típicas personas serias que parecen no sentir nada por nadie en ningún momento. Por nadie menos por su familia.
Jamás lo había visto mirar a nadie como a mamá, esa mirada cálida que lo hacía parecer más humano que una máquina de hacer dinero, como acostumbraba a aparentar. Aquella mirada que mamá correspondía en todo momento con una de sus famosas sonrisas amplias blanquecinas.
Está sufriendo, lo sé. Se preocupa y tiene mucho menos sentido del orgullo que mamá incuso aparentando todo lo contrario.
Mamá, por otro lado, es mucho más seria e impasible en momentos como los que estamos viviendo.
Suele sonreír mucho ―al contrario que papá―, pero también suele imponerse demasiado, entrometiéndose a veces donde no la llaman.
Papá y yo solíamos bromear entre nosotros refiriéndonos a ella como "El General Dugès" a sus espaldas.
El problema de vivir con ellos no va encaminado hacia el tema de la convivencia o el afecto, pues son mis padres y los amo como a mi vida. El problema de vivir con ellos es que siempre han pensado que mi vida les pertenece y que a ellos les concierne el privilegio de tomar las decisiones por mí.
Recuerdo perfectamente aquella intensa discusión nocturna en la que les expuse la carrera universitaria que deseaba cursar. Mi padre no dijo nada al respecto aunque bien sabía que había tirado por la borda su sueño de que yo continuase con la tradición del apellido Dugès, que era el dedicarse a la psiquiatría ―profesión para la cual yo definitivamente no había nacido―.
A mi madre casi le da un soponcio, empezó a despotricar en español y terminamos discutiendo en Francés. Solía pasar cuando se salía de sus casillas.

No hay comentarios :
Publicar un comentario