Hace días que no tengo ni tiempo, ni inspiración ni mucho menos ganas de escribir, pero hoy... hoy tengo la necesidad de contar, escribir sobre hojas de papel que tan bien saben juzgarme de forma silenciosa. Que tan bien escuchan y nada echan en cara.
Hoy... la he vuelto a dibujar en uno de los
márgenes de mi libreta de folios gruesos, aquella que utilizo para
simplemente aparentar interés en aquella asignatura que tanto
detesto y de la que tan poco he hablado.
Hoy, mientras el señor González parloteaba casi
para sí mismo yo soñaba con un rostro femenino, delicado y de
expresiones suaves. Casi sentía picor en la nariz al percibir el
olor floral que mi idealización exudaba. Casi me hacía
estremecer... casi.
Mis dedos se movían raudos, dibujando líneas
desiguales en un intento de plasmar su rostro en aquel trozo de
celulosa prensado. Mucho mejor podría haberlo hecho, pero nada más
necesitaba, nada podría arrebatarle su perfección innata.
Me esmeré pesadamente y de forma especial en
aquella parte que tanto la identificaba.
Nada sería igual si sus ojos no tuvieran el color
del cielo en primavera, nada sin aquella fuerza, sin aquella
expresión en ellos de dejadez, de intensidad y misterio que también
escondían.
A golpe de lápiz tracé los labios, sintiendo el
vello del brazo erizado cuando me tocó difuminar aquella parte con
la yema del dedo índice. No tardé demasiado por respeto a la
señorita que iba cogiendo forma en uno de mis cuadernos olvidados.
Su cabello voluminoso caía hacia abajo, pues se
hallaba tumbada de perfil, y aquella mano... aquella mano que
sujetaba su rostro me hizo sentir celos al momento de despertar de mi
sueño y vislumbrar de forma completa el boceto mal hecho y
terminado.
Se veía tan perfecta aún dibujada de aquella forma
tan descuidada...
El rostro femenino ahora me miraba cansado, parecía
estar buscando algo en mí y a la vez parecía haberlo encontrado.
Y quise tumbarme frente a ella y observarla también,
devolverle la mirada intensa y preguntarle quién diablos era aquél
ángel que tan lleno y a la vez tan vacío me hacía sentir.
«Es
sólo un sueño, Daniel»,
me recordé a mí mismo.
Nada más lejos de lo real, nada a mi alcance y nada
que pudiera merecer. Sólo un sueño del que luchaba por despertar.
Sólo un sueño del que en verdad me negaba a despertar.

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